Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue a Valeria, de pie al pie de la cama. No se movía. No parpadeaba. Solo lo observaba desvanecerse, con el rostro vacío de toda emoción humana.
Los días siguientes fueron una neblina de dolor y confusión.
La “infección” no cedía. Empeoraba. La fiebre de Sebastián subía y bajaba en picos violentos. Tenía alucinaciones. Veía a su madre muerta sentada en la silla de mimbre, gritándole en silencio, advirtiéndole con gestos desesperados.
Valeria trajo a un médico local. Un hombre bajo, sudoroso, que ni siquiera le tomó análisis de sangre. —Gastroenteritis severa —diagnosticó el hombre, sin mirar a Sebastián a los ojos—. Reposo, hidratación y estas medicinas.
Y Valeria, la enfermera devota, le daba las medicinas. Cada cuatro horas. Agua. Pastillas blancas. Un caldo que sabía metálico.
—Vas a estar bien —le susurraba ella, acariciándole el pelo húmedo—. Solo descansa.
Pero al octavo día, Sebastián ya no podía levantarse. Su cuerpo era un saco de huesos doloridos. Sentía que sus órganos se estaban licuando por dentro. Fue entonces cuando Valeria, con una expresión de gravedad ensayada, entró en la habitación.
—No mejoras, Sebastián. Creo que debemos volver a casa. En la ciudad te atenderán mejor.
El viaje de regreso fue una tortura. En el avión privado, Sebastián yacía en un asiento reclinable, flotando entre la consciencia y el delirio. En un momento de lucidez, abrió los ojos.
Valeria estaba sentada frente a él, mirando por la ventanilla hacia las nubes oscuras. En su regazo, sus manos acariciaban un sobre blanco. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretarlo. Parecía ansiosa, como alguien que espera el final de una cuenta regresiva.
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