EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

Aterrizaron. El auto. La lluvia. El colapso.

El hospital olía a antiséptico y a muerte limpia.

Sebastián despertó con el sonido rítmico de un monitor cardíaco: bip… bip… bip… Ese sonido era la única prueba de que seguía vivo.

Intentó moverse, pero su cuerpo pesaba toneladas. Tenía tubos en la nariz, agujas en los brazos. La luz blanca del amanecer se filtraba por las persianas, hiriendo sus ojos sensibles.

—¿Joven Valderrama?

Una enfermera real, no Valeria, se acercó. Tenía ojos amables y cansados. —No intente hablar. Está muy débil.

—Mi… padre… —logró articular. Su garganta era papel de lija.

—Está aquí. Ha estado esperando a que despierte.

La puerta se abrió y Don Ernesto entró.

El hombre que Sebastián vio no era el titán de la industria que conocía. Don Ernesto parecía haber envejecido diez años en una noche. Su traje estaba arrugado, la corbata deshecha. Tenía los ojos rojos e hinchados.

—Hijo… —Ernesto se precipitó hacia la cama, tomando la mano de Sebastián entre las suyas. Sus manos temblaban—. Dios mío, Sebastián. Pensé que te perdía.

Sebastián sintió una lágrima de su padre caer sobre su mano. Nunca había visto llorar a Ernesto. Ni siquiera en el funeral de su madre. —¿Qué pasó, papá? —preguntó, con la voz rota—. ¿Qué tengo?

Don Ernesto se enderezó. Se pasó una mano por el rostro, limpiando el rastro de su debilidad. Su expresión cambió, endureciéndose. La tristeza dio paso a una furia fría, contenida.

—Los médicos están haciendo más pruebas toxicológicas —dijo Ernesto, bajando la voz—. Pero el jefe de toxicología vino a hablarme hace una hora.

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