EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

Hubo un silencio pesado. El bip… bip… del monitor parecía acelerarse.

—¿Y?

—No es una infección, Sebastián. No es un virus. —Ernesto miró hacia la puerta cerrada, asegurándose de que nadie escuchara, y luego clavó sus ojos en los de su hijo—. Encontraron niveles letales de arsénico en tu sangre.

La palabra flotó en el aire, tóxica y pesada. Arsénico.

Sebastián sintió que el mundo giraba. —¿Veneno? —susurró—. Pero… ¿cómo? Yo solo comí…

Y entonces, las piezas del rompecabezas, dispersas por la fiebre y el dolor, chocaron violentamente en su mente.

La cena en Zihuatanejo. La mirada fría de Valeria. Las pastillas blancas que ella le daba personalmente. El médico local que ni siquiera lo revisó bien. La prisa por volver solo cuando estaba al borde de la muerte. El sobre blanco.

—Valeria… —El nombre salió de su boca como una maldición.

Don Ernesto cerró los ojos, como si el nombre le causara dolor físico. —¿Ella te dio algo? ¿Alguna medicina fuera de lo común?

—Sí… unas pastillas blancas. Todas las noches. Dijo que eran para el estómago. —Sebastián intentó incorporarse, el pánico inyectándole adrenalina—. Papá, ella me las daba. Ella me cuidaba. No dejaba que nadie más me trajera comida.

Don Ernesto asintió lentamente. Su rostro era una máscara de horror y comprensión. —Lo sospechaba. Cuando llegaste anoche, los médicos dijeron que si hubieras tardado dos horas más, tus riñones habrían colapsado. Fue… calculado.

—¿Dónde está ella? —preguntó Sebastián. El miedo se convirtió en terror. Si ella estaba allí, si ella entraba…

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