—Se fue —dijo Ernesto, con voz sepulcral—. Anoche, después de que te ingresaran en cuidados intensivos. Dijo que iba a casa a buscar ropa para ambos. Pero no ha vuelto.
Ernesto metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó un papel arrugado. Era una notificación legal. —Y hace una hora, mi abogado me llamó. Valeria presentó una demanda de divorcio hace una semana. Justo antes de irse de viaje contigo.
Sebastián miró a su padre, atónito. —¿Divorcio?
—Está reclamando la mitad de todo, Sebastián. La mitad de la empresa, la mitad de las cuentas, la mitad de las propiedades. —Ernesto apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos—. Y si tú hubieras muerto anoche… si tú hubieras muerto, yo habría estado tan destrozado que probablemente le habría firmado cualquier cosa. O peor… como mi viuda y sin herederos directos, ella habría tenido el control total hasta que se resolviera el testamento.
La crueldad del plan era perfecta. Matar al hijo. Destruir al padre emocionalmente. Quedarse con el imperio.
—Ella intentó matarme, papá —dijo Sebastián, y decirlo en voz alta lo hizo real. No era una pesadilla. Era su vida.
—Lo sé —dijo Ernesto. Su voz ahora era acero—. Pero cometió un error.
—¿Cuál?
—Que sigues vivo.
En ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe.
Sebastián y Ernesto giraron la cabeza. El aire se congeló en sus pulmones.
Valeria estaba allí.
No llevaba el vestido de la noche anterior. Vestía un traje sastre negro, impecable, de luto anticipado. No parecía una mujer prófuga. Parecía la dueña del lugar. Entró con paso firme, ignorando a Ernesto, y se detuvo a los pies de la cama de Sebastián.
Su rostro no mostraba culpa. Mostraba una decepción gélida.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
