EL REGRESO MORTAL: UN HIJO, UNA HERENCIA Y EL BESO DE LA TRAICIÓN

—Vaya —dijo Valeria, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Veo que eres más difícil de matar de lo que pensaba, querido hijastro.

Ernesto se puso de pie de un salto, interponiéndose entre ella y Sebastián. —¡¿Qué haces aquí?! —rugió Ernesto—. ¡Largo! ¡Voy a llamar a la policía ahora mismo!

Valeria soltó una carcajada suave, musical. —Llámalos, Ernesto. Por favor, hazlo. —Abrió los brazos con teatralidad—. No tienen nada. ¿Arsénico? ¿Quién probará que fui yo? Comíamos en los mismos restaurantes. Bebíamos el mismo vino. Quizás fue un accidente… o quizás el pobre Sebastián tiene enemigos que tú desconoces.

Se inclinó hacia adelante, sus ojos clavados en los de Sebastián, ignorando la furia de su esposo.

—No tienes pruebas, niño. Solo tienes mi palabra contra la tuya. Y yo… yo soy la esposa abnegada que te trajo al hospital para salvarte la vida. —Guiñó un ojo—. Eso es lo que dirá el informe.

Sebastián sintió un escalofrío recorrerle la espina dorsal. Estaba viendo la cara del mal puro. Hermoso, elegante y podrido.

—Te voy a destruir —dijo Ernesto, temblando de ira.

Valeria se giró hacia la puerta, con desdén. —Inténtalo. Pero mientras tanto, habla con tus abogados. Mis cuentas ya están protegidas. Y la casa… bueno, digamos que me he cobrado un adelanto.

Antes de que Ernesto pudiera reaccionar, Valeria salió de la habitación, dejando tras de sí el eco de sus tacones y el aroma dulce y nauseabundo de sus nardos.

Sebastián miró a su padre. —¿A qué se refiere con la casa?

Ernesto sacó su teléfono, marcó el número de la mansión. Nadie contestó. Marcó el número del jefe de seguridad. —¿Ramírez? ¿Qué está pasando en la casa?

Sebastián vio cómo el color abandonaba el rostro de su padre mientras escuchaba la respuesta al otro lado de la línea. El teléfono se deslizó de la mano de Ernesto y cayó al suelo.

—¿Papá?

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