El salón del Centro Comunitario estaba cargado. El aire era pesado, impregnado de olores a comida caliente, alcohol barato y vidas ajenas. La música estaba demasiado alta, las risas demasiado fuertes, las felicitaciones demasiado pretenciosas. Todo parecía falso, como si la celebración fuera solo una escenografía mal montada.
Quince años de matrimonio se celebraron con pompa. Como se hace en los pueblos pequeños: para que todos los vieran, para que todos los recordaran, para que nadie dudara: la familia es fuerte, exitosa y ejemplar. Tamara estaba sentada a la mesa, con la espalda recta, mirando el mantel. La tela blanca estaba manchada con gotas de salsa y manchas de vino, como su vida, antaño brillante, ahora cubierta de manchas insalvables.
Pasó la mano por la mesa. Una miga de pan crujió bajo sus dedos. Por alguna razón, el sonido le pareció ensordecedor. Tamara hizo una mueca, pero su expresión permaneció inalterada. Hacía tiempo que había aprendido a no mostrar sus sentimientos.
Hoy, todo debía terminar. Ella lo supo desde siempre.
Desarrollo
Anatoly estaba sentado a su lado. Llevaba la chaqueta azul oscuro que ella le había ayudado a elegir cuando aún no distinguía las telas buenas de las baratas. La corbata le apretaba demasiado; se la ajustó constantemente, como si se asfixiara. Tamara miró a su marido y luego apartó la mirada.
Una vez, lo había mirado de otra manera. Con esperanza. Con fe. Con el deseo de proteger.
Ahora, sin ilusiones.
El anillo de bodas le apretaba el dedo. No lo había usado en los últimos seis meses. Se lo había quitado discretamente, sin alboroto, sin dar explicaciones. Hoy, se lo había vuelto a poner, deliberadamente. Como llevar un vestido negro a un funeral. No por belleza, sino por simbolismo.
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