Hacía frío afuera. La noche la aceptó en silencio. Tamara respiró hondo, por primera vez en muchos años. El dolor no se había ido. Estaba dentro, pesado, antiguo, familiar.
Pero con él llegó el silencio.
A veces el final no es destrucción.
A veces el final es liberación.
Y aunque haya vacío por delante, es más honesto que vivir una mentira.
Tamara avanzó. Lentamente. Sola.
Pero por primera vez, verdaderamente libre.
Tamara salió del Centro Comunitario sin mirar atrás. La puerta se cerró de golpe tras ella, como si cortara una vida pasada. El aire frío le escoció la cara. Se detuvo en el porche, apoyó la mano en la barandilla y miró hacia adelante.
Se permitió respirar por primera vez en toda la noche.
Le temblaban las piernas. No de miedo, sino de cansancio.
Oyó pasos rápidos detrás de ella. Maxim.
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