—Tía Toma... —Dudó, sin saber si debía tocarla—. Papá no se encuentra bien. Se han llevado al abuelo.
Cerró los ojos. Eso era lo que más temía.
—¿Al hospital? —preguntó en voz baja.
Maxim asintió.
Tamara permaneció sentada en silencio en el coche. Su mente estaba vacía. Sin rabia, sin lágrimas. Solo el cansancio acumulado durante quince años, capa tras capa, día tras día.
La sala de urgencias olía a medicina y lejía. Stepan Ilich yacía con una vía intravenosa, pequeño y demacrado. Al ver a su hija, intentó sonreír, pero las comisuras de sus labios se crisparon.
—Perdóname... —susurró—. Yo... no te protegí.
Tamara se sentó a su lado y le tomó la mano. Cálida. Viva.
"Lo hiciste todo, papá", dijo. "Lo demás no es culpa tuya".
La miró largo rato, como si quisiera recordar.
Anatoly no fue al hospital.
Al día siguiente, solicitó el divorcio.
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