Dicen que el dinero lo compra todo. Casas con piscinas climatizadas, coches que nadie necesita, viajes en jet privado, relojes que cuestan más que una casa. Vicente Almeida tenía todo eso y más. Era dueño de una constructora valorada en 800 millones, aparecía en revistas de negocios y daba entrevistas hablando de éxito y visión. En las fotos, siempre serio, elegante, con el aire de quien tiene todo bajo control.
Pero a puerta cerrada, cuando los portones de la mansión se cerraban y el eco de sus propios pasos era el único sonido, Vicente conocía la verdad: había algo que nunca pudo comprar. Confianza. Un año antes, la vida dio un giro tan brutal que lo dejó roto y desconfiado. Perdió a su esposa, Susana, durante el parto de su primer hijo. De la noche a la mañana pasó de ser “el empresario” a “el viudo con un bebé en brazos” que ni siquiera sabía cómo sostener un biberón sin buscar un tutorial en internet.
La primera empleada que contrató tras la muerte de Susana robó joyas. La segunda intentó vender fotos del bebé a una revista del corazón. La tercera casi provoca un problema de seguridad por su imprudencia en redes sociales. Una tras otra, cinco empleadas en seis meses salieron por la puerta acompañadas por seguridad privada. Cada historia se sentía como una puñalada en el corazón. Al final, solo quedaron en la mansión silenciosa él y Pedro, un bebé de un año y dos meses que aún no caminaba y casi no sonreía.
Fue entonces cuando la agencia envió a Camila. Llegó un lunes por la mañana con una mochila sencilla al hombro, el cabello recogido y un vestido barato pero bien arreglado. Había algo en su mirada al observar la casa —una mezcla de admiración y respeto— que no tenía nada que ver con el brillo codicioso que Vicente ya conocía demasiado bien. “Buenos días, señor Vicente”, sonrió. “Qué casa tan hermosa. ¿Y este bebé? ¡Qué ternura!”
Él le respondió con un asentimiento frío, ya predispuesto a la traición. Esa misma tarde, mientras Camila instalaba sus cosas, Vicente llamó a su equipo de seguridad técnica. “Instalen cámaras en cada rincón”, ordenó. “Especialmente en la habitación del niño, en la cocina y en los pasillos. Cámaras de alta definición, visión nocturna y audio bidireccional. Quiero ver hasta el aire que respira”. Estaba convencido de que Camila, tarde o temprano, mostraría su verdadera cara.
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