Durante la primera semana, Vicente observaba el monitor desde su oficina con una obsesión enfermiza. Pero lo que veía lo confundía. Camila no revisaba los cajones en busca de relojes caros. No hablaba por teléfono chismeando sobre la vida del jefe. En cambio, pasaba horas leyéndole cuentos a Pedro, cantándole canciones de cuna que Vicente reconoció vagamente como las que su propia madre le cantaba. Lo más extraño es que Pedro, el niño que apenas reaccionaba, empezó a gatear con energía y a soltar pequeñas carcajadas que resonaban por los pasillos vacíos.
Pero la paranoia de Vicente no se detendría. Una noche, mientras revisaba las grabaciones de la madrugada anterior, vio algo que lo dejó paralizado. Eran las tres de la mañana. Camila entró en la habitación de Pedro, pero no para alimentarlo. Se sentó en el suelo, junto a la cuna, y empezó a llorar en silencio. Luego, sacó un portarretratos pequeño de su bolso. Vicente hizo zoom. Era una foto de Susana, su difunta esposa.
Vicente sintió que la sangre se le congelaba. ¿Cómo tenía ella una foto de su esposa? ¿Era una espía? ¿Una extorsionadora? Corrió hacia la habitación de la niñera, listo para echarla a la calle, pero se detuvo al escuchar la voz de Camila a través de la puerta entreabierta. Estaba hablando con Pedro, que se había despertado.
“Tu mami estaría tan orgullosa de ti, pequeño”, susurraba ella entre sollozos. “Ella me salvó la vida en aquel hospital antes de que tú nacieras… me dio el dinero para mi tratamiento cuando nadie más creía en mí. Prometí que si algún día ella no estaba, yo cuidaría de lo que más amaba en este mundo”.
Vicente cayó de rodillas en el pasillo. La mujer a la que había estado vigilando como a una criminal era, en realidad, el único ángel que quedaba en esa casa. No solo estaba cuidando a su hijo; estaba pagando una deuda de amor que Vicente ni siquiera conocía. Esa noche, el millonario apagó las cámaras. Entendió que el control no protege el corazón, solo lo aísla. Camila no era una empleada más; era el puente que Pedro y él necesitaban para volver a ser una familia. A veces, lo que más tememos es exactamente lo que más necesitamos encontrar.
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