EL SECRETO QUE EL DUQUE NUNCA DEBIÓ DESCUBRIR: Compró a una mujer para salvar a su hija huérfana, pero lo que encontró detrás de sus ojos altivos fue una verdad prohibida que sacudió los cimientos de la alta sociedad mexicana de 1845. ¡Un encuentro que desafió las leyes de la sangre y el honor!

Joaquín caminó hacia ella. Estaba sentada bajo una higuera torcida, la espalda recta, los ojos altivos. No había miedo ni sumisión en su postura, solo una firmeza extraña.

—¿Cómo te llamas? —Camila —respondió firme. —¿Has cuidado niños pequeños? —Sí, señor. —¿Sabes cantar? —Sí. Canciones africanas y portuguesas. —¿Sabes leer?

El vendedor tosió. Camila dudó solo un instante. —Un poco. Joaquín la observó. Había en ella una lucidez incómoda. —Di algo. Lo que tú quieras. Ella pensó. Luego dijo con voz clara: —Los señores nos miran y ven lo que quieren ver. Manos fuertes, espaldas anchas. Pero nadie pregunta qué había antes de todo eso.

El vendedor palideció. Joaquín levantó la mano. —Quiero a esta. El precio fue absurdo. Joaquín pagó sin regatear. De vuelta en el carruaje, Camila se sentó erguida. Al llegar a la casa grande, los sirvientes se alinearon tensos. La llegada de Camila provocaba incomodidad. “Esa no parece esclava”, murmuraron.

Joaquín la llevó directamente a la habitación de Clara. El aire allí olía a enfermedad y tristeza. La niña estaba en un rincón, meciéndose sobre sí misma. Camila no pidió permiso. Caminó hacia el centro del cuarto y, sin tocar a la niña, comenzó a tararear una melodía baja, una vibración que parecía salir del suelo mismo.

Clara se detuvo. Giró la cabeza lentamente. Por primera vez en semanas, el llanto cesó. Camila se sentó en la alfombra, manteniendo la distancia, y sacó de su bolsillo un pequeño objeto de madera tallada.

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