EL SECRETO QUE EL DUQUE NUNCA DEBIÓ DESCUBRIR: Compró a una mujer para salvar a su hija huérfana, pero lo que encontró detrás de sus ojos altivos fue una verdad prohibida que sacudió los cimientos de la alta sociedad mexicana de 1845. ¡Un encuentro que desafió las leyes de la sangre y el honor!

—No es magia, Excelencia —dijo Camila sin mirarlo—. Es dignidad. Los niños no necesitan lástima, necesitan saber que el mundo todavía tiene sonidos hermosos.

Joaquín se quedó en el umbral, observando cómo su hija, poco a poco, se arrastraba hacia la mujer. Pero lo que Joaquín no sabía era que Camila no era quien decía ser. Semanas después, mientras revisaba unos documentos antiguos en la biblioteca, escuchó a Camila leerle un cuento a Clara. Pero no era un cuento infantil. Estaba leyendo, en perfecto francés, las cartas personales de su difunta esposa que habían quedado sobre el escritorio.

—¿Dónde aprendiste ese idioma? —preguntó Joaquín, entrando súbitamente.

Camila se puso de pie, cerrando el libro con una elegancia que ningún esclavo podría poseer. Sus ojos no bajaron la mirada.

—Vengo de una familia de maestros en Jalisco que fue traicionada y vendida por una deuda que no existía, señor Duque. No estoy aquí porque me hayan comprado; estoy aquí porque mi padre me dijo que la libertad se encuentra incluso en la casa del enemigo si uno sabe esperar.

Joaquín sintió un escalofrío. Esa mujer no solo estaba cuidando a su hija; estaba educándola, moldeándola con ideas que la aristocracia consideraría peligrosas. Sin embargo, cuando vio a Clara reír por primera vez, una risa clara y sana, Joaquín tomó una decisión que escandalizaría a todo México.

No solo quemó los papeles de propiedad de Camila frente a ella, sino que la nombró administradora de su finca. Los rumores corrieron como pólvora: “El Duque ha perdido la razón”, “La esclava lo ha hechizado”.

Pero la verdad era más simple y profunda. En un mundo de cadenas y títulos vacíos, Joaquín de la Vega había descubierto que la verdadera nobleza no se hereda, se reconoce en el valor de quien se niega a ser quebrado. Camila y Joaquín nunca fueron amantes a los ojos de la ley, pero juntos transformaron aquella casa de luto en un refugio de libertad, demostrando que el amor y el respeto son las únicas llaves que pueden abrir cualquier celda, incluso las del corazón.

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