Se suponía que mi sesenta y nueve cumpleaños no sería la fecha en la que la vida se divide en "antes" y "después".
Me desperté temprano, como quien ya no tiene prisas para ir al trabajo, pero aún no ha aprendido a dormir mucho. La casa estaba silenciosa, demasiado silenciosa. En días como este, la cocina solía llenarse de voces, el olor a café, los portazos de los armarios. Ahora solo había silencio: limpio, reluciente, como una mesa donde la familia no se hubiera reunido en mucho tiempo.
El mensajero llamó a las nueve y media.
Estaba en la puerta con una sonrisa amable y una pequeña caja forrada de terciopelo burdeos oscuro. La caja parecía contener no un dulce, sino un tesoro. Supe de inmediato de quién era.
De Thomas.
Mi hijo, que antes no podía dormirse sin un cuento, pero que ahora llamaba cada vez con menos frecuencia y durante periodos cada vez más cortos. Después de casarse, su voz se volvió algo... distante. Cortés. Como si me hubiera convertido en un pariente lejano, no para ignorarlo por completo, pero tampoco para acercarme.
Dentro había doce bombones artesanales, cada uno en su propio compartimento, con polvo de oro, delicados dibujos y pequeños adornos, como joyas. Nunca me había comprado nada igual. Demasiado bonitos. Demasiado caros. Demasiado "no para mí".
Los miré un buen rato y luego cerré la caja.
Ese viejo sentimiento paternal que persiste incluso cuando los hijos son padres desde hace mucho tiempo me dio un suave codazo en la espalda: lo mejor no es para uno mismo.
Thomas tiene dos hijos. A Charles le encantan los dulces, y la pequeña Emily siempre mira los postres como si fueran un pequeño milagro. Imaginé sus caras y decidí que ahí es donde debían estar estos bombones.
Ese mismo día fui a verlos.
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