"Sí. Solo uno... Pensamos que solo eran dulces. Thomas llegó la noche que lo llamé. Estaba... estaba como loco."
Algo se desmoronaba lenta y dolorosamente dentro de mí.
Thomas lo sabía.
Llegué al hospital sin recordar el camino. Los pasillos olían a medicina y miedo. Laura estaba sentada en una silla, acurrucada como una niña. Tenía los ojos rojos, la cara gris.
Por primera vez en años, no había cristal entre nosotros.
"Están bien", dijo con voz ronca. "Los médicos dicen que llegaron a tiempo."
Asentí, pero no sentí alivio. Porque detrás de ese "bien" se escondía una pregunta que nadie había dicho en voz alta.
¿Por qué?
Thomas estaba de pie junto a la ventana al final del pasillo. Parecía como si hubiera envejecido una década de la noche a la mañana. Cuando me vio, no se acercó.
Me acerqué yo mismo.
"¿Qué había en esas cajas?"
"¿Nefeta?", pregunté en voz baja.
Cerró los ojos.
"No pensé que se los darías a nadie."
Esa frase me impactó más que un grito.
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