El Silencio del Acero: La Caída del Dr. Cointon

Jade no reaccionó. Su rostro era una máscara de cortesía imperturbable. Al otro lado del salón, el Dr. Barret Chase Cointon dominaba la mesa siete. Su traje azul marino, cortado con precisión quirúrgica, no mostraba una sola arruga. Su reloj de lujo capturaba la luz dorada cada vez que gesticulaba. No estaba cenando; estaba actuando.

—No me gusta cómo se comporta —murmuró Cointon a sus socios, entrecerrando los ojos mientras observaba a Jade—. Camina como si perteneciera aquí.

—Solo hace su trabajo, Barret —respondió un inversor.

—No —insistió Cointon—. Hay algo en su mirada que no es… servil.

Cointon vivía de la perfección. Arreglaba rostros, reconstruía estatus. Se sentía el arquitecto de la belleza ajena y, por lo tanto, el dueño de cualquier espacio que pisara. Cuando Jade se acercó a su mesa para verificar el pedido, él decidió que era el momento de recordarle el orden de las cosas.

—Tú. Ven aquí. Ahora.

No fue una petición. Fue un chasquido de dedos. Un llamado a un perro. Jade se giró con una calma que lo irritó profundamente.

—Sí, señor. ¿En qué puedo ayudarle?

—Este vino está mal. Completamente mal. ¿Acaso revisaste lo que pedimos o tu cerebro no llega a tanto?

Jade miró la botella con suavidad. —Es el Burdeos 2015 que solicitó, señor. Si desea que…

—No me digas lo que pedí —la interrumpió él, elevando la voz. El silencio comenzó a filtrarse desde las mesas vecinas—. Arréglalo. Y hazlo rápido.

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