Jade asintió. No hubo miedo en sus ojos, solo una evaluación profesional. Se retiró con elegancia, pero la mandíbula de Cointon permaneció tensa. La compostura de la mujer era un insulto para él. Era un espejo que no reflejaba su grandeza, sino su pequeñez.
Veinte minutos después, la tensión se convirtió en veneno.
—Ella fue la que se equivocó —dijo Cointon cuando Jade regresó con el sommelier.
—Señor, le aseguro que… —intentó decir el sommelier.
—¡No necesito explicaciones del personal! —gritó Cointon. El estruendo hizo que varios comensales soltaran sus cubiertos.
Cointon se levantó, invadiendo el espacio personal de Jade. Su aliento olía a alcohol caro y a una rabia antigua. —¿Sabes siquiera a quién estás sirviendo? —siseó—. Este lugar representa el éxito. Lo que cuesta sentarse aquí es más de lo que verás en tu vida de sirvienta.
Jade no retrocedió. Sus manos estaban juntas, su espalda recta. —El respeto es la base de este lugar, Dr. Cointon —respondió ella. Su voz era un hilo de seda, pero cortaba como un cable de acero.
—¿Respeto? —Cointon soltó una carcajada seca y amarga—. El reloj en mi muñeca cuesta más que tu casa. El vino que despreciaste vale más que tu vida. ¿Y te atreves a mirarme a los ojos?
Algo oscuro se formó en el aire. La paciencia de Jade no era sumisión; era una advertencia que él no sabía leer.
—Lamento que su experiencia no sea satisfactoria —dijo ella—. Haré lo posible por corregirlo.
—¡Te estás burlando de mí! —Cointon perdió el juicio. Sus facciones se desencajaron—. Te paras ahí con esa mirada, creyéndote mejor que yo…
Y entonces, el impulso. La furia bruta tomó el control de su cuerpo educado. Cointon giró la cadera. Su pierna derecha se elevó en un arco violento, un golpe destinado a derribarla, a humillarla frente a los teléfonos que ya empezaban a grabar en secreto.
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