El tiempo se detuvo.
Jade no cerró los ojos. No gritó. Se movió con la economía de un depredador. Su antebrazo bloqueó el impacto con un sonido seco. El dolor debió ser inmenso, pero ella no parpadeó. Antes de que Cointon pudiera bajar la pierna, Jade avanzó. Fue un paso corto, letal. La base de su palma impactó directamente en el esternón del cirujano.
No fue un golpe de película; fue un golpe de gimnasio de barrio, de años de entrenamiento en las sombras. El aire abandonó los pulmones de Cointon en un gemido patético. Sus brazos se agitaron como los de un muñeco de trapo. Retrocedió, tropezó con la mesa siete y cayó de espaldas sobre el mantel blanco.
Cristal roto. Vino tinto derramándose como sangre sobre el mármol. Porcelana hecha añicos.
Cointon quedó de rodillas, jadeando, con el traje empapado y el orgullo esparcido por el suelo. Jade dio un paso atrás, bajando los brazos con una lentitud ceremonial.
—Me defendí —dijo. Su voz llegó a cada rincón del salón.
El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de los teléfonos capturando la caída del ídolo. Cointon alzó la vista y vio las cámaras. No eran sus amigos, no eran sus socios. Eran testigos de su ruina.
—Ella me provocó… —murmuró, pero sus palabras murieron en el aire.
—Él la atacó —dijo Mónica, una de sus inversoras, levantándose con asco—. Todos lo vimos.
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