Las sirenas llegaron pronto. El azul y rojo de las patrullas tiñó el lujo del Gran Imperial, revelando las grietas en las paredes de caoba. Mientras los paramédicos subían a Cointon a la camilla —con una fractura de esternón que tardaría meses en sanar—, él buscó la mirada de Jade una última vez.
No encontró odio. No encontró triunfo. Solo encontró un vacío absoluto. Jade ya no lo estaba mirando; estaba ayudando a recoger los vidrios rotos.
Horas después, en su pequeño apartamento, Jade se sentó en la oscuridad. Su teléfono vibraba con millones de notificaciones. El video era viral. “Cirujano de élite ataca a camarera y recibe una lección”. El mundo ahora conocía su nombre, su pasado en los rings de Muay Thai, su disciplina de hierro.
La reputación de Cointon colapsó antes del amanecer. Su clínica cerró, su licencia fue suspendida, su nombre se convirtió en sinónimo de arrogancia derrotada.
Jade apagó el teléfono. El dolor en su antebrazo era real, pero el peso que había llevado durante años —el peso de ser invisible— finalmente había desaparecido. Se levantó, caminó hacia la ventana y miró la ciudad. Mañana volvería a trabajar. Mañana seguiría siendo Jade. Pero el mundo ya sabía que, a veces, la persona que sirve el vino es la misma que puede detener tu corazón con un solo movimiento.
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