El Último Jardín y la Falsa Promesa

2. La Verdad en los Brazos
El sonido llegó entonces. Un gemido débil. No un llanto furioso, sino un suspiro triste. El bebé.

Alejandro salió disparado. Camila lo siguió. Cruzaron el mármol frío, pasaron junto a los muebles impecables. El contraste era brutal: la opulencia inútil de la casa y la fragilidad abandonada en la entrada.

Ahí, junto al portón de hierro forjado, estaba la canasta. La cobijita azul. Y un rostro diminuto, pálido, casi transparente. El niño. Mateo.

Alejandro se arrodilló. Olvidó su traje, sus millones, su rabia. Solo vio la vida, casi apagada. Extendió las manos. El bebé era más liviano de lo que imaginó. Un escalofrío le recorrió el alma. Culpa.

“No fue descuido, Camila,” murmuró con la voz rota. “Fue abandono intencional. Ella no lo quería. No era parte del plan.”

Un grito desgarrador, metálico, cortó la escena.

Valeria.

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