EL ÚLTIMO PROTOCOLO

La esperanza se esfumó. El dinero seguía fluyendo, pero la luz en su interior se apagaba.

II. PRISIONERO DE LA VIGILANCIA
Javier siempre fue un hombre de control absoluto. En su empresa, cada decisión era suya. En su vida, cada evento era planificado. Ahora, el control se había transformado en una jaula.

Instaló cámaras. No dos ni tres. Cámaras por todas partes. En la sala, en las habitaciones, en la cocina. El miedo era su combustible. La primera niñera dejó caer a Mateo. La segunda, un error de medicación. La tercera, el abandono a mitad del día. Cada error era una puñalada. Cada falla confirmaba su paranoia: no podía confiar en nadie.

Solo las cámaras no mentían.

Se volvió un fantasma. Dejó de dirigir su imperio. Sus reuniones eran un fraude, su mirada fija en el teléfono. Veía la casa, pero no vivía en ella.

Un zoom en el rostro de Mateo. ¿Está respirando bien? Un zoom en la botella de Lucas. ¿Es la dosis correcta?

El control garantizaba la seguridad, pero le robaba el alma. Javier era un prisionero de su propia vigilancia. Se estaba vaciando por dentro.

Entonces, apareció Verónica.

III. VERÓNICA Y EL CAOS NECESARIO
Cuando Verónica tocó el timbre, Javier pensó: No.

No tenía el perfil de mármol de las otras. No llevaba uniforme. Era una mujer sencilla de Valencia, treinta años, con el cansancio honesto marcado en su rostro. Manos callosas, ojos que habían visto la enfermedad de cerca mientras cuidaba a su propia madre.

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