EL ÚLTIMO PROTOCOLO

Javier la descartó mentalmente. “¿Por qué quiere este trabajo?” Verónica lo miró. No se encogió. “Porque no me rindo con las personas. Y parece que usted necesita a alguien así.”

Fue la sinceridad lo que lo desarmó. O tal vez su propio agotamiento de la perfección estéril. La contrató. Siete días de prueba.

Verónica era diferente. Seguía las reglas: puntualidad, medicación, higiene. Pero hacía algo más.

Javier la veía en las pantallas. Ella hablaba con los niños, no con el tono infantilizado de las anteriores. Hablaba de verdad, con dignidad. Contaba historias antiguas. Cantaba flamenco suave.

“Mateo, esta es de la época en que tu mamá era joven,” decía, poniendo una canción de los ochenta.

Los niños respondían. No con palabras, sino con la luz en sus ojos, con sonrisas conscientes. Por primera vez, alguien veía a Mateo y Lucas como niños, no como un problema clínico.

Javier se crispó. Música fuera de horario. Caos. Risas altas. Inaceptable. Él anotaba cada desvío en una lista de quejas. Iba a despedirla. La lista crecía. Pero cuando llamó a la agencia, la respuesta lo golpeó. “Señor Javier, sus exigencias son… únicas. Verónica es la única que aceptó”.

Estaba atrapado.

La tensión explotó una noche, en medio de una reunión de emergencia. Javier la llamó. “¿Por qué puso música sin pedir autorización? No está en el protocolo.”

Verónica suspiró. Un sonido pesado que cruzó la línea de fibra óptica. “Porque la música les hace bien, señor Javier. Los niños sonríen.”

“Todo lo que no está en el protocolo va contra las reglas.”

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