EL ÚLTIMO PROTOCOLO

Silencio. La pausa fue larga, cruel. “Con todo respeto, señor Javier,” dijo Verónica, su voz baja y firme como una cuerda de piano tensada, “usted está creando prisioneros o está criando hijos.”

La línea se cortó. Javier se quedó mirando el móvil, temblando. No era solo rabia. Era el miedo a que ella tuviera razón.

IV. EL PESO MUERTO
La presión externa se cerró sobre él. El Dr. Ramírez reapareció con una “solución definitiva”: cirugía. No para curar. Para inmovilizar. Evitar fracturas. “Van a estar más cómodos”.

Cómodos. La palabra más bonita para rendirse.

Su madre, Doña Carmen, lo llamó a diario. “Hijo, internarlos. Te estás destruyendo. La empresa se está cayendo.”

Y era verdad. Javier era un desastre. Ojeras. Manos temblorosas. Pérdida de contratos. Un hombre de acero que se derretía lentamente, atrapado en su aplicación de vigilancia. Era un martes. Las dos de la tarde. En la pantalla, Javier miraba. Verónica tarareaba.

Y entonces. Mateo, el más frágil, levantó la mano. No un espasmo. Intencional. Tomó un juguete de goma que Verónica había dejado cerca. El movimiento fue lento, tembloroso, pero la voluntad estaba ahí.

El corazón de Javier dejó de temblar de miedo y latió por algo más. Esperanza.

Esa misma semana, Verónica tuvo que irse de urgencia. Su madre había empeorado. Javier estaba solo. No había niñera de reemplazo. No había protocolo. Tuvo que bañarlos. Sintió el peso de sus cuerpos frágiles, el olor a bebé limpio, el calor de la vida. Cambió los pañales. Vio sus rostros de cerca, sin el filtro frío de una cámara.

Y por primera vez en años, no vio a los pacientes. Vio a los hijos de Sofía. Recordó su promesa. Sofía, con siete meses de embarazo, acariciándose el vientre, en la oscuridad de su habitación.

“Javier, ¿me prometes algo?” “¿Qué?” “Si algo me pasa, nunca te rindas con ellos. Nunca.”.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.