El viento rugía cuando caímos. Sentí el cuerpo de mi nieto golpeando contra mí antes de que todo se volviera negro

El viento rugía cuando caímos. Sentí el cuerpo de mi nieto golpeando contra mí antes de que todo se volviera negro. Al despertar, no grité. No me moví. Elegí hacerme la muerta. Porque desde el suelo, con los ojos apenas entreabiertos, escuché las voces arriba del acantilado. No eran gritos de auxilio. Eran susurros nerviosos, cálculos fríos… y una frase que me heló la sangre y me hizo entender que esta caída no fue un accidente.

El viento rugía cuando caímos.

Sentí el cuerpo de mi nieto golpeando contra mí, un impacto seco que me robó el aire de los pulmones, antes de que todo se volviera negro. No recuerdo cuánto tiempo estuve inconsciente. Solo sé que, cuando desperté, el dolor me atravesaba cada hueso como fuego.

No grité.
No me moví.

Elegí hacerme la muerta.

Estábamos al pie de un acantilado en la Costa Brava, rodeados de rocas afiladas y olor a sal. Mi cuerpo estaba torcido de una forma antinatural. El brazo derecho no respondía. La pierna me ardía. Pero Lucas, mi nieto de nueve años, estaba sobre mi pecho, inmóvil.

Contuve el pánico. Forcé mi respiración a volverse lenta, casi inexistente.

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