Entonces escuché voces arriba.
No eran gritos de auxilio.
No había desesperación.
Eran susurros tensos, rápidos, nerviosos.
—¿Se movió?
—No creo… la vieja cayó primero.
—¿Y el niño?
Mi sangre se congeló.
Entreabrí apenas los ojos, lo suficiente para ver sombras recortadas contra el cielo. Dos figuras. Una de ellas era inconfundible: Sergio, el marido de mi hija. El padre de Lucas.
—Tenemos que irnos —dijo—. Nadie tiene que saber que estábamos aquí.
—¿Y si siguen vivos? —preguntó el otro hombre.
Hubo un silencio breve. Calculador.
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