El viento rugía cuando caímos. Sentí el cuerpo de mi nieto golpeando contra mí antes de que todo se volviera negro

—La caída fue limpia. No van a sobrevivir.

En ese instante lo entendí todo.

Esta caída no fue un accidente.

Horas antes, Sergio había insistido en llevarnos a “ver las vistas”. Había sonreído demasiado. Había tomado a Lucas de la mano con una fuerza que no era cariño. Yo había sentido una incomodidad inexplicable… y la ignoré.

Ahora yacía rota al fondo del acantilado, fingiendo estar muerta, mientras el hombre que llamé yerno calculaba si había cometido un asesinato perfecto.

Escuché pasos alejándose. El ruido de un coche arrancando.

Cuando el silencio volvió, ya no era solo el silencio del lugar. Era el silencio de la traición.

Con el último resto de fuerza, bajé la mirada hacia Lucas. Su pecho subía y bajaba, apenas perceptible.

Estaba vivo.

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