El viento rugía cuando caímos. Sentí el cuerpo de mi nieto golpeando contra mí antes de que todo se volviera negro

Y entonces supe que, si quería salvarlo, tenía que sobrevivir yo también.
Aunque eso significara enfrentar la verdad más cruel de mi vida.

Pasaron casi tres horas antes de que alguien nos encontrara.

Un pescador local vio algo extraño entre las rocas y avisó a emergencias. Para entonces, el dolor ya era insoportable. Mi brazo estaba fracturado. Tenía dos costillas rotas, la pierna dañada y una conmoción. Lucas tenía una fisura en el cráneo y múltiples contusiones.

Pero estábamos vivos.

En el hospital de Girona, mientras los médicos trabajaban contra el reloj, yo repetía una sola frase en mi mente: no digas nada todavía. Sabía que si hablaba demasiado pronto, si acusaba sin pruebas, Sergio tendría tiempo de borrar todo rastro.

Esperé.

Cuando la policía vino a tomar declaración, fingí confusión. Dije que resbalamos. Que no recordaba bien. Que todo pasó muy rápido.

Pero observé cada reacción.

Cuando avisaron a Sergio, llegó al hospital con una actuación perfecta: rostro pálido, voz temblorosa, abrazos calculados. Pero cometió un error. Uno pequeño.

—Gracias a Dios que sobrevivisteis… —dijo—. La caída fue desde muy arriba.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.