Cuando confrontaron a Sergio, negó todo. Dijo que yo estaba traumatizada. Que inventaba cosas.
Hasta que apareció el testigo.
El pescador reconoció el coche de Sergio saliendo del lugar a toda velocidad. Las cámaras de tráfico confirmaron su presencia. El otro hombre —un amigo suyo— terminó confesando.
Sergio fue detenido.
Cuando se llevaron esposado al hombre que había intentado matar a su propio hijo, sentí algo extraño: no alivio, sino una tristeza profunda por lo que pudo haber sido… y nunca fue.
El juicio fue duro. Revivir cada detalle, escuchar cómo los abogados intentaban desacreditarme por mi edad, por el trauma, por ser “una abuela emocionalmente inestable”, fue casi tan doloroso como la caída.
Pero esta vez no me hice la muerta.
Hablé con claridad. Con firmeza. Con hechos.
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