Sabía lo que iba a pasar.
Me derrumbé en el suelo y lloré más fuerte que en el funeral.
No por alivio, sino por comprensión.

No me estaba pagando.
Me estaba confiando algo.
Confiando en que cuidaría sin esperar nada a cambio.
Confiando en que no lo abandonaría.
Confiando en que recibiría su último regalo en el momento adecuado.
No antes.
Me di cuenta entonces de que una herencia no siempre se anuncia.
A veces se esconde hasta que eres lo bastante fuerte para recibirla.
Mi abuelo no me dejó solo dinero.
Me dejó una prueba.
Prueba de que el sacrificio puede ser visto, incluso cuando no se reconoce.
Prueba de que el amor no siempre habla en voz alta.
Dejó que el mundo creyera que no tenía nada.
Para que nadie tomara lo que no le pertenecía.
Y al hacerlo, me protegió.
Hasta el final.
Esa almohada ahora está doblada en mi armario.
Nunca la tiraré.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
