Ni cuentas bancarias, ni propiedades, ni ahorros sorpresa.
Mi abuelo había vivido toda su vida sin nada extra.
¿Por qué la muerte cambiaría eso?
Solo quedaban los recuerdos.
Y sus viejas pertenencias.
En su último día, antes de cerrar los ojos, pidió verme.
Su voz era débil, pero su mirada firme.
Tomó mi mano.
Sus dedos se sentían más finos que el papel.
—Tengo algo para ti —susurró.
Las palabras pesaron más de lo que deberían.
Lentamente, metió la mano bajo la manta.
Y sacó una almohada.
Una vieja.
Abultada. Rota. Manchada por el tiempo.
—Quiero que te quedes con esto —dijo en voz baja.
Casi con urgencia.
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