Ella dejó de sentirse cómoda y pagó un precio demasiado alto por ello.

En los primeros días tras la llegada de sus familiares, aún intentaba sonreír. Cocinaba de la mañana a la noche. Lavaba montañas de platos. Escuchaba los reproches de su suegra sobre que la casa "no era lo suficientemente acogedora" y el refrigerador era "demasiado modesto". Soportaba a Marinka ladrando órdenes desde el sofá, como si Lena fuera una nuera, no una persona.

Andrey parecía desaparecer en esos momentos. Se sentaba frente al ordenador, viendo vídeos, hablando por teléfono, y toda la carga de la vida cotidiana recaía sobre ella.

Dejó de sentirse mujer. Se convirtió en una función.

Esa noche, cuando se encerró en el baño y lloró en silencio, sintió que si no paraba, simplemente se derrumbaría por dentro. Ya no quería ser una sombra en su propia casa.

El mensaje de Oksana se convirtió en un salvavidas. El crucero, el río, seguir adelante... sonaba como un soplo de aire fresco.

No planeaba venganza. Solo quería silencio.

Cuando Lena le dijo a Andrey que se iba, él la miró como si hubiera roto una ley tácita. En su mundo, se suponía que ella siempre debía estar allí: en la cocina, con una olla, con paciencia.

Pero se fue.

Durante cinco días, fue ella misma. Durmió, leyó, guardó silencio, miró el agua. Y cada día, su corazón se sentía un poco más ligero. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía culpable por existir.

Pero la verdad siempre espera en casa.

Cuando el taxi se detuvo ante su puerta, Lena sintió un nudo en el estómago. Al subir las escaleras, ya lo sabía: nada bueno le esperaba.

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