Se quedó callado.
En ese momento, se dio cuenta: ya no había un lenguaje común entre ellos. Él no entendía su dolor. Solo veía su propia incomodidad.
Esa noche, Lena no durmió. Se sentó junto a la ventana y contempló las luces de la ciudad. Estaba vacío por dentro, pero ese vacío ya no la asustaba.
Ya no quería estar cómoda.
Por la mañana, empacó sus cosas. Andrey la miró sin intentar detenerla. Quizás aún no creía que realmente se iría.
Pero se fue.
A veces lo peor no es perder tu casa ni a tu marido. Lo peor es perderse a uno mismo. Lena logró detenerse a tiempo.
Y aunque lo desconocido la acechaba, por primera vez en mucho tiempo, lo supo: esta vida sería suya.
Lena salió del apartamento en silencio, apenas respirando, como si temiera que si cerraba la puerta de golpe, volvería a ser absorbida por esa vida donde no era una persona, sino una función conveniente. Su maleta golpeó sordamente en los escalones, y cada sonido resonaba en su pecho como una despedida.
No lloró. Fue como si sus lágrimas se hubieran agotado en aquel baño, aquella noche en que se permitió admitir por primera vez: ya no podía vivir así.
Era un día gris y frío. Lena se sentó en un banco cerca de la entrada y contempló largo rato las ventanas de su antiguo apartamento. No eran solo muebles lo que quedaba allí. Eran años, esperanzas, la creencia de que si aguantaba, algún día todo mejoraría.
Su teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Andrey.
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