El sol de la tarde se filtraba por las persianas venecianas de mi oficina en la ciudad de Denver, proyectando franjas doradas sobre mi escritorio de caoba. Mi nombre es Evelyn Reed. Tengo 45 años, soy analista financiera y he dedicado la última década a cuidar a mis padres, Arthur y Beatrice Reed, un matrimonio que siempre valoró más la apariencia que la conexión. Arthur había llamado hacía veinte minutos para preguntar por la transferencia mensual de fondos para su “escapada cultural” a la Riviera Francesa. Olvidé colgar la línea de mi teléfono fijo, algo que cambiaría mi vida para siempre.
Mientras organizaba unos informes, escuché el eco de sus voces, al principio distantes, luego nítidas, resonando desde el altavoz de mi teléfono.
“¿Crees que Evelyn revisó la transferencia, Arthur?” Preguntó Beatrice con esa tonalidad melodramática que solía usar.
“Sí, querida, acaba de hacerlo. Es tan predecible. Es la única razón por la que todavía la mantenemos cerca, ¿sabes? Para asegurarse de que todo esté cubierto”, respondió Arthur, y su risa áspera me quemó los oídos.
Me quedé completamente inmóvil. Pero el golpe mortal vino con la siguiente frase de mi padre, dicha con un suspiro de alivio que heló mi sangre: “Ella es una carga, Beatrice. Una costosa y molesta carga emocional. Por suerte, es buena pagando.”
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