Era su entretenimiento personal más sádico, jugar a ser Dios con las vidas de otros. Doctor, ella, ella específicamente pidió por usted. María tartamudeó claramente nerviosa. Dijo que la conoce. Su nombre es Cecilia Morales. El nombre golpeó a Nicolás como un rayo directo al pecho. Cecilia Morales.
La mujer que había sido su esposa durante tres años perfectos. La mujer que había amado con una intensidad que lo asustaba, la mujer que había destruido su corazón con una supuesta traición que nunca había podido probar. pero que había sido suficiente para expulsarla de su vida para siempre.
Mes habían pasado exactamente 9 meses desde aquella noche cuando llegó a casa y encontró a Cecilia hablando por teléfono en susurros, sonriendo de una manera que él nunca había visto antes. Sus celos enfermizos, alimentados por años de ver como otros hombres la miraban con deseo, finalmente explotaron como una bomba nuclear. mentirosa, traidora, le había gritado las palabras más crueles de su vida, acusándola de tener un amante sin una sola prueba real. “Sal de mi casa y nunca vuelvas.
No quiero verte nunca más en mi vida.” El recuerdo de las lágrimas de Cecilia, de sus ruegos desesperados por explicarse, de cómo había recogido sus pocas pertenencias con manos temblorosas mientras él la observaba sin compasión, todavía lo perseguía en las noches de insomnio. Pero su orgullo había sido más fuerte que su amor. Su ego había sido más importante que la verdad.
Doctor, ¿está ahí? La voz de María lo sacó de sus reflexiones tortuosas. La paciente está perdiendo mucho sangre, las contracciones son irregulares y el bebé muestra signos de sufrimiento fetal. Nicolás sintió como si el mundo entero se estuviera desmoronando bajo sus pies. Bebé. Cecilia estaba embarazada.
Sus manos comenzaron a temblar mientras hacía cálculos matemáticos que no quería confirmar. 9 meses de embarazo. 9 meses desde que la había echado de casa. Voy para allá”, murmuró con una voz que no reconocía como suya. Mientras caminaba por los pasillos estériles del hospital, cada paso resonaba en su cerebro como martillazos de culpa.
Los recuerdos lo asaltaban con una claridad brutal. Cecilia intentando decirle algo importante la noche de la pelea. Él, interrumpiéndola con gritos de celos, ella llevándose las manos al vientre en un gesto que ahora cobraba un significado devastador. Había estado tratando de decirle que estaba embarazada.
Cuando llegó frente a la puerta de la sala de partos, Nicolás se quedó paralizado. Durante 5 años había entrado a esa misma sala cientos de veces, siempre con la confianza absoluta del mejor cirujano de la ciudad. Ahora sus manos sudaban y su corazón latía como si fuera la primera vez que tocaba un visturí.
Respiró profundo y empujó la puerta. La imagen que lo recibió le quitó todo el aire de los pulmones. Allí, sobre la camilla de hospital, con el rostro contraído de dolor, pero manteniendo una dignidad que le partía el alma, estaba Cecilia Morales. Ya no era la mujer joven de 28 años que había expulsado de su casa.
Ahora tenía 29 y 9 meses de sufrimiento habían tallado líneas de fortaleza en su rostro que la hacían aún más hermosa y al mismo tiempo completamente inalcanzable para él. Sus ojos grandes y expresivos, que una vez lo habían mirado con amor infinito, ahora lo observaban con una mezcla de dolor físico y algo mucho más devastador. Indiferencia.
Ya no había lágrimas, ya no había ruegos, había algo peor. La mirada de alguien que había aprendido a vivir sin él. “Hola, Nicolás”, dijo con una voz que sonaba extrañamente calmada a pesar de las contracciones que claramente la estaban desgarrando. “Gracias por venir.” La formalidad en su tono fue como una bofetada. Durante 3 años ella lo había llamado Nico con una ternura que derretía todas sus defensas.
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