Ahora, mientras se preparaba para traer al mundo al hijo que había rechazado antes de nacer, Nicolás enfrentaba la ironía más cruel del destino. Tenía que salvar dos vidas para poder destruir completamente la posibilidad de recuperar el amor que había perdido por su propia crueldad. Porque cada segundo que el bebé permaneciera dentro del vientre de Cecilia, ambos corrían peligro. Y cada segundo que lograra salvarlos, sería un segundo más en el que Cecilia se alejaría emocionalmente de él para siempre.
La operación que estaba a punto de realizar sería técnicamente su mayor éxito profesional, pero emocionalmente sería la confirmación final de su fracaso más devastador como ser humano. Nicolás se dirigió hacia el lavabo quirúrgico con la arrogancia que había perfeccionado durante una década de ser el cirujano más exitoso y despiadado de la ciudad.
Incluso en esta situación, incluso enfrentando la cesárea más importante de su vida, no podía evitar sentir esa familiar sensación de superioridad que lo había definido durante años. Después de todo, él era el doctor Nicolás Herrera, el médico que había salvado cientos de vidas, el hombre que tenía el poder de vida y muerte en sus manos.
Cecilia podría odiarlo. Podría haber seguido adelante sin él. Pero en este momento, en este quirófano, ella lo necesitaba. Necesitaba su experiencia, su conocimiento, su habilidad quirúrgica que ningún otro médico en la ciudad podía igualar. Era una ironía deliciosa. La mujer que había tratado de humillarlo con su indiferencia, ahora dependía completamente de él para salvar a su hijo. Drctor Herrera.
La enfermera María se acercó con una expresión extraña en el rostro. Hay algo que debes saber antes de la cirugía. La paciente. Ella trajo algunos documentos. Documentos. Nicolás preguntó mientras se enjabonaba las manos con movimientos mecánicos. ¿Qué tipo de documentos? Directivas médicas muy específicas. Y también también un poder legal que autoriza decisiones médicas en caso de complicaciones. Nicolás frunció el seño.
Un poder legal. ¿A quién se lo dio? A ella misma. María respondió con confusión evidente. Aparentemente se graduó de la Facultad de Derecho hace tres meses. Pasó el examen del Colegio de Abogados la semana pasada. El mundo de Nicolás se detuvo completamente.
Sus manos se quedaron inmóviles bajo el agua jabonosa mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Cecilia había estudiado derecho durante el embarazo. Mientras criaba sola a su hijo Nonato. Había logrado completar una carrera universitaria. Eso es imposible”, murmuró más para sí mismo que para María. Cecilia apenas terminó la preparatoria cuando nos casamos. Trabajaba como recepcionista en una clínica dental.
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