Y entonces llegó la noche del cumpleaños.
Lívia abrió la caja dorada. Memorias USB, sobres, nombres. "Uno por cada mentira". Dejó la urna sobre la mesa. "Aquí está el trocito de mi sueño que intentaste destruir. Pero no vine a disculparme por existir. Vine a terminar la historia".
El investigador, que estaba disfrazado entre los invitados, se puso de pie. Las esposas brillaban. Eduardo tartamudeó. Nayara lloró. Bárbara intentó correr. Doña Celeste maldijo, pero su voz ya no tenía control.
Meses después, Lívia firmó la nueva partida de nacimiento: hija de Marina. Madre de un niño que nació fuerte, rodeado de verdad. Y, por primera vez, durmió tranquila, sabiendo que la familia no es a quien se encarcela... es a quien se encuentra.
“Si crees que ningún dolor es mayor que la promesa de Dios, comenta: ¡YO CREO! Y dinos también: ¿desde qué ciudad nos observas?”
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