Un bebé recién nacido.
—Se llama Mateo —dijo—. Y tiene la cara de tu madre.
Adrián miró la foto… y poco a poco se derrumbó.
Dos meses después…
Llamaron a la puerta de Lucía.
Abrió.
Y allí estaba.
Más delgado. Cansado. Quebrado de una forma que nunca antes había visto.
—No merezco estar aquí —dijo.
—Tienes razón —respondió ella.
Silencio.
Entonces…
Un pequeño sonido desde dentro de la habitación.
El bebé.
El rostro de Adrián se hizo añicos.
Lucía se hizo a un lado.
No porque lo perdonara.
Sino porque su hijo merecía la oportunidad de conocer a su padre.
Adrián entró despacio.
Se arrodilló junto a la cuna.
Extendió los dedos temblorosos.
El bebé los agarró al instante.
Y se aferró.
Con fuerza.
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