Ella fue la única que volvió del viaje escolar en 1991 — lo que contó nadie pudo explicarlo….

El autobús amarillo de la escuela secundaria técnica Benito Juárez de Txcala había partido esa mañana de marzo de 1991 con 32 estudiantes de segundo grado y tres maestros rumbo a las pirámides de Teotihuacán. Era el tradicional viaje de estudios que la escuela organizaba cada año, una excursión que los padres esperaban con entusiasmo y los jóvenes de 14 y 15 años aguardaban como el mejor día del año escolar. Carmen Vázquez, de apenas 14 años, había discutido con su madre la noche anterior por el dinero que necesitaba para el viaje.

Su familia, dedicada a la producción de textiles en uno de los talleres familiares tan comunes en Tlaxcala, había hecho un esfuerzo considerable para reunir los 300 pesos que costaba la excursión. Es una oportunidad única, mamá”, había insistido Carmen, sus ojos oscuros brillando con la emoción típica de su edad. “Nunca he salido de Tlaxcala y las pirámides son parte de nuestra historia. La madrugada del 15 de marzo amaneció fresca y despejada. Los padres se congregaron en la explanada de la escuela desde las 5 de la mañana cargando mochilas, termos con café caliente y las últimas recomendaciones para sus hijos.

El director de la escuela, el profesor Esteban Morales, un hombre de 60 años con bigote canoso y reputación intachable, supervisaba personalmente todos los detalles del viaje.

Carmen subió al autobús esa mañana llevando su mochila rosa desteñida, un cuaderno nuevo para tomar apuntes sobre la historia prehispánica y la cámara desechable que había comprado con sus ahorros. Se sentó junto a su mejor amiga Lucía Hernández, una chica tímida, pero de sonrisa fácil, que compartía con Carmen el sueño de estudiar arqueología algún día. ¿Te imaginas ver de cerca las pirámides del Sol y la Luna?”, susurraba Lucía mientras el motor del autobús cobraba vida. Mi abuela dice que ahí se puede sentir la energía de nuestros antepasados.

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El chóer, don Aurelio Ramírez era un hombre conocido en la comunidad. Había transportado estudiantes durante más de 20 años sin un solo accidente. Esa mañana revisó meticulosamente el vehículo, llantas, frenos, niveles de aceite y combustible. Todo estaba en perfecto estado. Los maestros acompañantes eran la profesora de historia Marta Jiménez, una mujer de 40 años apasionada por las culturas prehispánicas. el profesor de educación física, Roberto Castillo, quien se encargaba de mantener el orden durante los viajes, y la profesora de español, Ana María Torres, quien había organizado actividades educativas para realizar en el sitio arqueológico.

El viaje debía durar aproximadamente 2 horas y media. La ruta estaba perfectamente planificada. Salir de Tlaxcala por la carretera federal hacia Puebla. tomar la autopista hacia la ciudad de México y luego desviarse hacia Teootihuacán. Era un recorrido que don Aurelio conocía de memoria, una ruta que había transitado docenas de veces sin contratiempos. Los estudiantes cantaban, reían y jugaban durante las primeras horas del viaje. Carmen había llevado su walkman y compartía los audífonos con Lucía para escuchar las canciones de moda, maná, caifanes y algunas baladas románticas que las chicas de su edad adoraban.

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