Por las ventanillas del autobús veían pasar los paisajes típicos del altiplano mexicano, campos de maíz, maguelles, pequeños pueblos con sus iglesias coloniales y los imponentes volcanes que custodiaban la región. A las 9 de la mañana, cuando ya llevaban hora y media de viaje, el profesor Morales se levantó de su asiento y anunció que harían una parada técnica en una gasolinera cercana a San Martín. Texmelucan. Los estudiantes aprovecharon para estirar las piernas, comprar refrescos y usar los baños.
Carmen compró un refresco de naranja y una bolsa de cacahuates japoneses. Mientras Lucía se entretenía alimentando a unos perros callejeros que deambulaban por la gasolinera. “Faltan menos de 50 km”, anunció don Aurelio mientras llenaba el tanque de gasolina. En una hora estaremos recorriendo la calzada de los muertos. Los maestros aprovecharon la parada para repasar una vez más el itinerario. Visitarían primero la pirámide del Sol, después la pirámide de la Luna. recorrerían el templo de Ketzalcoatl y almorzarían en el área designada para grupos escolares.
El regreso estaba programado para las 4 de la tarde, lo que los llevaría de vuelta a Tlaxcala aproximadamente a las 7 de la noche. Cuando todos subieron nuevamente al autobús, la profesora Jiménez comenzó a contarles sobre la historia de Teotihuacán, esa misteriosa ciudad prehispánica cuyos constructores originales permanecían como un enigma para los arqueólogos. Imaginen, les decía con entusiasmo, una ciudad que en su época de esplendor llegó a tener más de 100,000 habitantes, más grande que muchas ciudades europeas de ese tiempo.
El autobús retomó su marcha por la carretera federal. El paisaje había comenzado a cambiar gradualmente. Las montañas se veían más cercanas y el aire parecía más denso. Carmen notó que algunas nubes oscuras se acumulaban en el horizonte, pero el día seguía siendo agradable. Consultó su reloj de pulso, un regalo de su quinceañera que celebraría en dos meses. Eran las 10:15 de la mañana. Fue aproximadamente a las 10:30 cuando Carmen comenzó a sentirse extraña. Al principio pensó que era el mareo típico de los viajes largos, pero pronto se dio cuenta de que algo más estaba ocurriendo.
Sus compañeros, que momentos antes reían y cantaban, comenzaron a quedarse en silencio uno por uno. Lucía, que estaba a su lado, había cerrado los ojos y parecía profundamente dormida. Carmen miró hacia atrás y vio que prácticamente todos sus compañeros tenían la misma expresión. Ojos cerrados, respiración profunda, como si hubieran caído en un sueño extrañamente profundo. “¿Qué está pasando?”, murmuró Carmen, sintiendo como sus párpados comenzaban a pesarle. intentó mantenerse despierta luchando contra una somnolencia que no podía explicar.
Miró hacia el frente del autobús y vio que incluso los maestros parecían estar dormidos en sus asientos. Don Aurelio seguía conduciendo, pero Carmen no podía ver su rostro desde su posición. La última imagen que Carmen recordaría vívidamente de ese momento fue la de los volcanes Popocatepetl exiwatl, recortándose contra el cielo cada vez más nublado, mientras una sensación de pesadezía completamente. Sus ojos se cerraron contra su voluntad y todo se volvió oscuridad. Cuando Carmen despertó, el sol ya se había puesto y una luna llena iluminaba débilmente el interior del autobús.
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