Se encontraba exactamente en el mismo asiento donde se había quedado dormida, pero algo había cambiado drásticamente. El silencio era absoluto. No se escuchaba el ronroneo del motor, no se oían las voces de sus compañeros, no se percibía el movimiento del vehículo. Con el corazón comenzando a latir aceleradamente, Carmen se incorporó en su asiento y miró a su alrededor. Lo que vio la llenó de un terror que jamás había experimentado en sus 14 años de vida. Todos los asientos estaban vacíos.
Lucía ya no estaba a su lado. Sus compañeros de clase habían desaparecido. Los maestros no estaban en sus lugares. Incluso don Aurelio había desaparecido del asiento del conductor. Lucía susurró Carmen con voz temblorosa. Profesor Morales. Su voz resonó en el interior vacío del autobús como un eco fantasmal. Se levantó de su asiento con piernas temblorosas y comenzó a recorrer el pasillo, revisando cada fila de asientos. Nada, solo quedaban algunas pertenencias dispersas. una mochila azul que reconoció como la de su compañero Miguel, un suéter rosa que pertenecía a Patricia, algunos cuadernos y lápices esparcidos por el suelo.
Carmen corrió hacia la puerta del autobús y descubrió que estaba abierta. Bajó los escalones con cuidado y se encontró en medio de una carretera que no reconocía. No era la autopista por la que habían estado viajando. Esta era una carretera más angosta, rodeada de vegetación densa y montañas que no recordaba haber visto antes. El autobús estaba estacionado en el acotamiento con las luces apagadas y el motor frío. La Luna proporcionaba suficiente luz para que Carmen pudiera ver su entorno inmediato, pero no había señales de civilización en ninguna dirección.
No se veían luces de casas, no se escuchaba tráfico, no había torres eléctricas o cualquier indicio de que estuviera cerca de algún poblado. El silencio era tan profundo que podía escuchar los latidos de su propio corazón. “Ayuda!”, gritó Carmen con todas sus fuerzas. “Alguien ayúdeme, por favor. ” Su voz se perdió en la inmensidad de la noche sin obtener respuesta alguna. Esperó varios minutos. gritando de vez en cuando, pero la única respuesta que obtenía era el eco de su propia voz, rebotando en las montañas distantes.
Temblando tanto por el frío como por el miedo, Carmen volvió a subir al autobús, encontró su mochila en el portaequipajes y sacó el suéter que su madre había insistido en que llevara. Por si refresca, le había dicho esa mañana que ahora parecía pertenecer a otra vida. se lo puso y se acurrucó en su asiento tratando de pensar con claridad a pesar del pánico que amenazaba con paralizarla. ¿Dónde estaban todos? ¿Cómo era posible que 34 personas hubieran desaparecido sin dejar rastro?
¿Por qué ella había sido la única que permanecía? Carmen repasó mentalmente los últimos momentos que recordaba antes de quedarse dormida. El viaje transcurría con normalidad. Sus compañeros estaban felices y emocionados. Los maestros supervisaban todo con su habitual profesionalismo. Don Aurelio conducía con la pericia de siempre. Pasó la noche entera despierta, sobresaltándose con cada sonido del bosque. Ocasionalmente bajaba del autobús para caminar un poco por la carretera, siempre manteniéndose cerca del vehículo por temor a perderse completamente. buscaba alguna señal que le indicara dónde se encontraba, pero no encontraba placas de identificación de carreteras, señalamientos de poblados cercanos o cualquier referencia geográfica que pudiera orientarla.
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