Ella fue la única que volvió del viaje escolar en 1991 — lo que contó nadie pudo explicarlo….

Cuando los primeros rayos de sol comenzaron a iluminar las montañas del este, Carmen pudo apreciar mejor su entorno. El autobús estaba en una carretera pavimentada, pero claramente poco transitada. rodeada por un paisaje montañoso cubierto de pinos y encinos. A la distancia podía ver picos montañosos que le resultaban vagamente familiares, pero no lograba ubicar exactamente dónde se encontraba. decidió caminar por la carretera en busca de ayuda. Dejó una nota dentro del autobús, explicando hacia dónde había ido por si alguien llegaba a buscarla, y comenzó a caminar en dirección al este, siguiendo la salida del sol.

Llevaba su mochila con algunas provisiones, el refresco y los cacahuates que había comprado en la gasolinera, una botella de agua que la profesora Torres había distribuido durante el viaje y algunos dulces que había guardado para el camino de regreso. Después de caminar durante aproximadamente dos horas sin encontrar a nadie, Carmen vio a lo lejos lo que parecía ser humo saliendo de una chimenea. Aceleró el paso y finalmente llegó a una pequeña comunidad rural enclavada en un valle entre montañas.

Era un pueblo que no conocía, con casas de adobe y tejas rojas, una pequeña iglesia colonial en el centro y calles empedradas que subían y bajaban siguiendo la topografía irregular del terreno. Los primeros habitantes que encontró fueron un grupo de mujeres que lavaban ropa en un lavadero público alimentado por un manantial natural. Al ver a Carmen, una adolescente desconocida con aspecto desorientado y asustado, se acercaron con preocupación. ¿Estás bien, niña?, preguntó una mujer mayor de cabello canoso recogido en un reboso azul.

¿Qué haces aquí tan temprano y sola? Carmen comenzó a explicar su situación, pero se dio cuenta de que su historia sonaba increíble, incluso para ella misma. Venía en un autobús escolar. comenzó con voz temblorosa. Íbamos a Teotihuacán, pero cuando desperté todos habían desaparecido y el autobús estaba parado en la carretera. Las mujeres intercambiaron miradas de preocupación y confusión. ¿De qué pueblo eres, hija?, preguntó otra mujer más joven, con un bebé cargado en rebozo. ¿Cómo te llamas? Carmen Vázquez.

Soy de Tlaxcala, estudiante de la secundaria técnica Benito Juárez, respondió Carmen, sintiendo un alivio enorme al poder hablar con otras personas después de la noche más aterradora de su vida. “Tlascala está muy lejos de aquí”, murmuró la mujer mayor. “Esto es San Pedro Nexapa, en el estado de México. ¿Cómo llegaste hasta acá?” Carmen repitió su historia, pero podía ver la incredulidad creciente en los rostros de las mujeres. No la culpaba. Ella misma no podía creer lo que había vivido.

Una de las mujeres, doña Rosa, decidió llevarla con el comisario del pueblo, don Jacinto Morales, un hombre de unos 50 años que había sido elegido por la comunidad para manejar los asuntos legales y administrativos del poblado. Don Jacinto escuchó el relato de Carmen con seriedad creciente. Tomó notas en un cuaderno escolar y le hizo preguntas. específica sobre el autobús, los maestros, sus compañeros y la ruta que habían seguido. “Esto es muy grave”, murmuró después de escuchar toda la historia.

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