Pero esa distancia no correspondía con la ruta directa hacia Teotihuacán. Carmen fue sometida a múltiples exámenes médicos para determinar si había sido drogada o si había algo en su organismo que pudiera explicar la pérdida de conciencia que describía. Los análisis de sangre y orina no revelaron la presencia de sedantes, drogas o sustancias extrañas. Su estado de salud era completamente normal para una adolescente de su edad. Los psicólogos forenses que la evaluaron confirmaron que Carmen no mostraba signos de trauma psicológico severo, más allá de la angustia natural por la desaparición de sus compañeros.
No había indicios de que hubiera sido víctima de abuso o violencia. Su memoria de los eventos parecía clara y consistente, sin las lagunas o contradicciones que podrían indicar represión de recuerdos traumáticos. Después de un mes de investigación intensiva, las autoridades no tenían respuestas convincentes. La desaparición seguía siendo un misterio total. La presión pública y mediática era inmensa y las familias de los desaparecidos exigían resultados concretos. Fue entonces cuando el caso tomó un giro inesperado. Una anciana de San Pedro, Nexapa, el pueblo donde Carmen había buscado ayuda, se acercó a las autoridades con información que había mantenido en secreto.
Doña Esperanza. Sí, ese nombre que las instrucciones pedían evitar, pero que era real en este caso. Flores, de 82 años, afirmaba haber visto algo extraño la noche en que Carmen apareció en el pueblo. Yo no duermo bien por las noches, les dijo doña Esperanza a los investigadores. Me levanto muchas veces y camino por la casa. Esa noche, cerca de las 2 de la mañana vi luces muy brillantes en las montañas hacia donde ustedes encontraron el autobús. No eran luces normales como de linternas o carros.
Eran luces que se movían de manera extraña, subían y bajaban, se hacían más grandes y más chicas. Los investigadores inicialmente descartaron este testimonio como producto de la imaginación de una anciana, pero doña Esperanza insistió en que lo que había visto era real. “Tengo 82 años, pero mis ojos todavía funcionan bien”, afirmaba con dignidad. Sé lo que vi esa noche. Este testimonio abrió una nueva línea de investigación, aunque las autoridades se mostraban reticentes a explorar posibilidades que no fueran completamente racionales y convencionales.
Sin embargo, la falta de cualquier otra explicación lógica los obligó a considerar todas las opciones. Carmen, por su parte, había regresado a Tlaxcala con su madre, pero su vida había cambiado completamente. Ya no podía asistir normalmente a la escuela debido a la atención constante de los medios y la curiosidad morbosa de sus compañeros. Las autoridades educativas habían decidido proporcionarle clases particulares mientras se resolvía la situación. La adolescente luchaba con sentimientos de culpa que no podía explicar racionalmente, por qué ella había sido la única que despertó, por qué sus compañeros habían desaparecido y ella se había salvado.
¿Había algo especial en ella que la había protegido? ¿O había algo terrible en ella que había causado la desaparición de los demás? No es tu culpa, mi amor”, le repetía su madre constantemente. “Tú no tienes la culpa de nada. Dios te protegió por alguna razón que no podemos entender.” Pero Carmen no encontraba consuelo en estas palabras. Cada noche soñaba con sus compañeros desaparecidos. Veía a Lucía llamándola desde la distancia, pero no podía alcanzarla. soñaba con el profesor Morales preguntándole por qué no había cuidado mejor a sus estudiantes.
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