Ella fue la única que volvió del viaje escolar en 1991 — lo que contó nadie pudo explicarlo….

Soñaba con don Aurelio manejando un autobús vacío por carreteras infinitas. A medida que pasaban las semanas sin noticias de los desaparecidos, la esperanza de las familias comenzó a desvanecerse. Los padres de los estudiantes perdidos organizaron misas, procesiones y vigilias, rogando por el regreso de sus hijos. La comunidad de Tlaxcala se unió en torno a esta tragedia, pero la falta de respuestas concrete comenzaba a pasar factura emocional a todos los involucrados. La investigación oficial continuaba, pero cada vez con menos intensidad y recursos.

Otros casos requerían atención y sin nuevas pistas concretas era difícil justificar la inversión masiva de personal y fondos en un caso que parecía no tener solución. Carmen comenzó a experimentar episodios de ansiedad severa. A veces, caminando por las calles de Tlaxcala, tenía la sensación de que veía a sus compañeros desaparecidos entre la multitud. Corría hacia ellos. Pero siempre resultaban ser extraños, que se asustaban al ver a una adolescente corriendo hacia ellos con lágrimas en los ojos. Su familia decidió llevarla con un psicólogo especializado en trauma.

El Dr. Eduardo Martínez, un profesional con experiencia en casos de supervivencia y pérdida, comenzó a trabajar con Carmen para ayudarla a procesar su experiencia y manejar la culpa del sobreviviente. “Carmen, lo que te pasó no es algo que puedas controlar o explicar completamente”, le decía el doctor Martínez durante las sesiones. Tu responsabilidad ahora es sanar y honrar la memoria de tus compañeros viviendo la mejor vida posible. Pero Carmen sentía que no merecía vivir una vida normal cuando 33 personas habían desaparecido misteriosamente.

¿Cómo podía ser feliz cuando no sabía si sus compañeros estaban vivos o muertos? ¿Cómo podía continuar con su educación cuando la profesora Jiménez, quien tanto le había enseñado sobre historia, había desaparecido sin explicación? 6 meses después de la desaparición, Carmen tomó una decisión que sorprendió a todos. decidió regresar al lugar donde había encontrado el autobús abandonado. Quería estar sola en ese sitio, tratar de recordar algún detalle que hubiera olvidado, buscar alguna señal que los investigadores hubieran pasado por alto.

Su madre se opuso rotundamente a la idea. “No vas a volver a ese lugar maldito”, le dijo doña Teresa con firmeza. Ya has sufrido suficiente. Pero Carmen había desarrollado una determinación que su familia no había visto antes. Necesito ir, insistía. Siento que hay algo que no recuerdo, algo importante que podría ayudar a encontrarlos. Finalmente, después de muchas discusiones familiares, acordaron que Carmen podría hacer el viaje, pero acompañada por su tío Raúl, un hombre de 40 años que trabajaba como mecánico y que tenía experiencia en viajes por carreteras rurales.

El viaje de regreso al sitio fue emocionalmente devastador para Carmen. Cada kilómetro la acercaba más a la escena de la tragedia que había cambiado su vida para siempre. Cuando finalmente llegaron al lugar donde había sido encontrado el autobús, Carmen se quedó en silencio durante largos minutos, simplemente observando el paisaje. El autobús ya no estaba ahí, por supuesto. Había sido remolcado como evidencia semanas atrás. Solo quedaba un área de tierra compactada que marcaba donde había estado estacionado. La carretera parecía igual que aquella noche terrible, solitaria, rodeada de montañas, sin señales de civilización cercana.

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