Alejandro se volteó. Vio lágrimas corriendo por las mejillas de Victoria, silenciosas, sin espectáculo. Vio a la mujer fuerte que se estaba rompiendo de a poquito.
Y entendió algo que nunca había querido aceptar: su orgullo les había costado demasiado.
Alejandro caminó hacia ella. Se arrodilló frente a su silla como si al fin supiera que hay cosas más grandes que la dignidad falsa.
Le tomó las manos.
—No sé cómo se hace esto —dijo—. No sé ser el hombre que tú necesitabas. Pero… si me dejas, lo aprendo. Te lo juro.
Victoria respiró hondo, como si ese juramento le diera miedo.
Alejandro levantó la mano temblorosa.
—Déjame… déjame sentirlo.
Victoria no respondió con palabras.
Tomó su mano y la puso sobre su vientre.
En el mismo instante, el bebé dio una patada. Fuerte. Directa.
Como un golpe de realidad.
Alejandro se quedó inmóvil. Y luego se le quebró la cara.
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