Ella Llegó Para El Divorcio — Él Quedó Impactado Cuando La Vio — Estaba Embarazada De Siete Meses

Decidieron no volver a vivir juntos de golpe. No querían un parche. Querían algo real.

Alejandro rentó un depa cerca de Victoria en Querétaro. Fueron a terapia dos veces por semana. Aprendieron a hablar sin atacar. A escuchar sin huir.

Cada noche, Alejandro iba a cenar con ella y le hablaba al bebé.

Le contaba historias del mundo. Le prometía que, esta vez, no iba a llegar tarde a lo importante.

El bebé nació en diciembre, en un hospital de Querétaro, con el viento frío pegado a las ventanas.

Lo llamaron Santiago.

Cuando Alejandro sostuvo a su hijo por primera vez, pequeño y arrugado y perfecto, sintió que todo su miedo antiguo se acomodaba en otro lugar.

No desapareció.

Pero ya no mandaba.

Se mudaron juntos cuando Santiago cumplió tres meses, a una casa con patio y un limonero, cerca de Carmen, cerca de la vida que Victoria había aprendido a construir sin él.

No fue fácil.

Hubo discusiones, recaídas, días en que el pasado regresaba como un golpe.

Pero también hubo mañanas de pañales, risas, y una certeza creciendo despacio: el amor no siempre vuelve con fuegos artificiales… a veces vuelve con trabajo, con humildad y con ganas.

Un año después, en una ceremonia pequeña, sin lujos, renovaron sus votos en el mismo café donde, meses atrás, Alejandro se había arrodillado por primera vez sin orgullo.

Santiago estaba dormido en su carreola.

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