Victoria miró a Alejandro y dijo algo simple:
—Esta vez… quédate.
Y Alejandro respondió:
—Aquí estoy.
Hoy, tres años después, Santiago corre por el patio y se ríe con esa risa que cura. Y Victoria, a veces, cuenta la historia como si fuera una locura del pasado: “¿Te acuerdas cuando casi nos divorciamos y yo estaba de siete meses?”
Alejandro siempre aprieta su mano.
Porque él sabe la verdad: algunas segundas oportunidades no llegan como premio.
Llegan como una última puerta antes de perderlo todo.
Y ellos, por fin, aprendieron a cruzarla juntos.
Si esta historia te tocó el corazón, cuéntame en los comentarios: ¿tú habrías perdonado… o habrías seguido adelante sin mirar atrás?
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