Siete meses —o más— de embarazo.
Y un bebé que… no podía ser de nadie más.
Alejandro abrió la boca, pero lo único que le salió fue un sonido seco, como si su garganta se hubiera llenado de arena.
—¿Qué…? —alcanzó a murmurar.
Victoria no lo rescató. No le dio una explicación bonita. No le dio un puente.
Solo levantó ligeramente el mentón, con esa dignidad tranquila que siempre lo había desarmado.
—Ya lo viste —dijo por fin—. Ahora dime tú si también lo vas a negar.
El silencio se estiró.
Héctor carraspeó y miró al notario.
—¿Nos dan un momento?
El notario no dudó. Se levantó de inmediato, como si hasta la madera del escritorio necesitara respirar.
En menos de un minuto, Alejandro y Victoria se quedaron solos en aquella habitación llena de libros legales y secretos familiares.
Y la bomba, por fin, hizo clic.
Se habían conocido cinco años atrás en una boda en San Miguel de Allende.
Alejandro, entonces con treinta y dos, era arquitecto en un despacho grande de CDMX, con una carrera prometedora y un departamento en la colonia Del Valle que había comprado a pulso, con créditos y desvelos.
Victoria tenía veintiocho. Trabajaba en comunicación para una fundación cultural y caminaba como si no tuviera que demostrarle nada a nadie. No era la belleza ruidosa; era la que se queda en la memoria porque te mira con calma.
Los sentaron juntos por un error en las mesas. Una tarjeta cambiada. Un destino torpe.
Y hablaron.
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