Horas.
Descubrieron coincidencias que parecían chiste: los mismos libros subrayados, las mismas películas viejas, el mismo sueño de viajar a Japón, el mismo amor por el café amargo y la música que se escucha bajito cuando ya es tarde.
Cuando la fiesta terminó, con la madrugada oliendo a bugambilia y mezcal, Alejandro supo —con una certeza que lo asustó— que había encontrado algo que no sabía que le faltaba.
El noviazgo fue un incendio bonito: escapadas a Valle de Bravo, cenas improvisadas, risas que se quedaban pegadas en la piel.
Se casaron dos años después en una hacienda cerca de Cuernavaca, bajo un cielo de octubre. Victoria usó un vestido de encaje que había sido de su abuela. Alejandro lloró cuando la vio caminar hacia él, y él mismo se sorprendió de no sentir vergüenza.
Los primeros años fueron como lo habían imaginado.
Compraron un departamento más grande en la Roma, lo decoraron juntos, discutiendo por cojines y riéndose de lo absurdo de pelear por un cuadro.
Viajaron a Japón en primavera, cumpliendo el sueño compartido. Volvieron con fotos, antojos nuevos, planes para el futuro.
Hablaban de hijos “algún día”. De una casa con jardín. De una vida que oliera a domingo.
Pero en el tercer año algo empezó a moverse mal.
No fue un desastre de un solo golpe.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
