Porque en ese instante sintió algo que la quemó por dentro: él no merecía saberlo así. No cuando estaba mirando a su esposa como si fuera una carga.
Esa noche Victoria hizo una maleta y se fue con su hermana Carmen a Querétaro.
Alejandro la llamó los primeros días, sí… pero sin desesperación. Sin ir a buscarla. Sin pelearla.
Como si su orgullo fuera más fuerte que su amor.
En su cabeza, ella iba a volver “cuando se le pasara el coraje”.
Las semanas se volvieron meses.
Y un día llegó una carta de abogados solicitando iniciar el divorcio.
Victoria vivió el embarazo en silencio al principio. Ni siquiera Carmen lo supo de inmediato. Necesitaba tiempo para procesar, para decidir, para sostenerse.
El embarazo fue difícil: náuseas, cansancio, emociones que se le desbordaban como agua.
Había días que odiaba a Alejandro con toda el alma.
Y otros días que lo extrañaba tanto que le dolía el pecho, como si le hubiera arrancado algo.
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