Cuando Carmen se enteró, explotó.
—¡¿Cómo no le vas a decir?! ¡Es su responsabilidad!
Victoria apretó los dientes.
—Él pidió espacio. Que lo disfrute.
Trabajó en una agencia de comunicación en Querétaro. Nadie conocía su historia. Prefería que así fuera. Rentó un departamento pequeño con vista a una plaza con jacarandas. Pintó el cuarto del bebé de verde suave. Armó una cuna sola, siguiendo tutoriales y jurándose que podía con todo.
Por las noches, le hablaba al bebé.
Le prometía amor doble.
Le ponía boleros y jazz. Le cantaba canciones viejas. Le decía que su vida no iba a depender de un hombre que no supo quedarse.
Pero a veces, en el insomnio, se tocaba el cuello.
Ahí llevaba su alianza, colgada en una cadena. No podía tirarla.
Cuando llegó la fecha para firmar el divorcio, Victoria sintió una punzada que no esperaba. Una parte de ella —todavía tonta, todavía humana— había esperado que Alejandro luchara.
Pero la carta era fría. Eficiente. Sin una sola palabra personal.
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