Era una noche de noviembre en Madrid, de esas que calan hasta los huesos, donde el viento parece susurrar advertencias en cada esquina. Las hojas secas bailaban sobre el asfalto frío de la calle Serrano, ajenas al drama silencioso que estaba a punto de desarrollarse dentro de un viejo Seat León del 2010. Dentro del coche, con la calefacción estropeada y el olor persistente a grasa industrial y tabaco viejo, Carlos Herrera intentaba controlar el temblor de sus manos. No era el frío, aunque el termómetro marcaba apenas cinco grados; era el miedo. Un miedo antiguo, viscoso, el de quien sabe que está a punto de entrar en un mundo que no le pertenece, un mundo diseñado para expulsar a gente como él.
Carlos se miró en el espejo retrovisor manchado. Tenía 35 años, pero sus ojos, rodeados de finas líneas de expresión marcadas por el sol y el esfuerzo, contaban la historia de alguien que ha vivido cien vidas. Se alisó la solapa de su chaqueta azul marino, la única prenda “decente” que poseía, comprada en rebajas hace cinco años para la boda de un primo lejano. Le quedaba un poco estrecha en los hombros, ensanchados por años de levantar motores y girar llaves inglesas en su pequeño taller de Vallecas. Sus manos, aunque fregadas con cepillo y lejía durante veinte minutos antes de salir, aún conservaban en los bordes de las uñas ese tinte oscuro, la marca indeleble del mecánico, el tatuaje del trabajo honrado.
—Hazlo por Lucía —se susurró a sí mismo, como un mantra.
Su hermana Carmen le había tendido una trampa, o un salvavidas, dependiendo de cómo se mirara. “Necesitas salir, Carlos. Llevas tres años enterrado en vida desde que ella se fue. Lucía necesita un padre que sonría, no un fantasma que solo trabaja”. Una cita a ciegas. Una mujer de carrera, le había dicho. Alguien interesante. Solo sabía que llevaría un traje blanco y que estaría en la mesa número 12 de “La Perla Negra”, el restaurante más exclusivo, pretencioso y caro de la capital.
Carlos apagó el motor. El coche dio una última sacudida asmática antes de morir. Al salir, el contraste fue brutal. A su alrededor, chóferes uniformados abrían las puertas de Mercedes y Maseratis negros y brillantes como espejos. Mujeres con abrigos de piel y hombres con relojes que costaban más que su taller entero caminaban hacia la entrada dorada. Carlos respiró hondo, irguió la espalda con esa dignidad que solo tienen los que no deben nada a nadie, y caminó hacia la entrada.
El maître lo vio venir desde lejos. Su mirada fue un escáner despiadado: zapatos limpios pero desgastados por el uso, pantalones vaqueros oscuros que intentaban pasar por formales, la chaqueta barata. El hombre bloqueó sutilmente la entrada, con esa arrogancia educada que es más insultante que un grito.
—¿Tiene reserva? —preguntó, con un tono que sugería que la respuesta correcta era “me he equivocado de sitio”.
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